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El descalabro

 

  • Redacción NoticiasFuerteventura
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    Cuando Manuel Fraga asumió el riesgo de meter a la derecha en la Constitución, su partido -AP- contaba apenas con 16 diputados, y bajó a 10 después de prestar ese servicio a la democracia española. Tuvo que producirse la debacle de UCD -un partido montado desde el poder para hacer la Transición- para que la derecha española lograra superar los cien diputados por primera vez y pudiera competir desde entonces con la izquierda. Aun así, Fraga no logró gobernar nunca: sí lo hizo Aznar, y después de Aznar, Rajoy. Pero la derecha española no podrá ganar nunca unas elecciones participando en ellas dividida. Para que la derecha gane, tiene que entregar su voto a un único partido nacional. Eso ocurre porque España es un país con una mayoría social de izquierdas, de la que una parte de los electores -se calcula que unos dos millones de votos- mantiene posiciones muy críticas, que en ocasiones comportan un elevadísimo porcentaje de abstencionismo de izquierdas. Una parte muy importante de ese voto más radical o exigente fue captado por Podemos tras la gran crisis del 2008. Desde que Podemos existe, la izquierda española sólo ha logrado hacerse con el poder gracias a una operación política contranatura, la moción de censura contra Rajoy, en la que un candidato socialista se apoyó para desbancarlo en partidos independentistas catalanes y vascos, rompiendo una regla política nacional, pero no logra gobernar.

     

    Desde entonces, el país vive en un permanente descalabro, convertido cada noche electoral en un espectáculo de ganadores y perdedores. Pero lo importante de lo ocurrido anoche no es cuántos diputados sacó el PSOE o cuántos perdió Cs. Lo importante es un cambio sustancial producido en el seno de la derecha española, con la irrupción como tercera fuerza política del país -a no demasiada distancia de la segunda- de un partido ultraderechista que ha venido para marcar el discurso político de la derecha en su conjunto. Esa supeditación del discurso conservador moderado al radical es el fenómeno que hemos visto extenderse desde hace años en toda Europa porque es un fenómeno planetario: el agotamiento de la política y el avance del populismo.

     

    Ya he dicho en otras ocasiones que aunque muchos de sus dirigentes, afiliados y votantes sean gente de mentalidad autoritaria, no creo que Vox sea un partido neofascista sino más bien un partido de derecha extremista como los que hoy gobiernan en Hungría o Polonia, o han ganado posiciones en Francia, Finlandia o Italia. Vox ha recibido uno de cada seis o siete votos emitidos estas elecciones: no creo que en España haya 3.600.000 fascistas. Lo que creo es que hay mucha gente enfadada por lo que ocurre en Cataluña, preocupados por recetas sobre inmigración completamente inoperantes, por la ausencia de un horizonte laboral claro, y por un futuro en el que la tecnología sustituye a las personas, y la política se dedica más a resucitar el pasado que a preparar el futuro. Las recetas del populismo para solucionar los problemas no han funcionado nunca, pero son contagiosas, y ahora es fácil que Vox contamine el discurso de la derecha democrática. La irrupción de Vox en la escena política representa la misma pulsión de rechazo a lo que hay, la misma credulidad fantasiosa sobre el poder taumatúrgico de lo nuevo. Estas elecciones -convocadas de forma aventurera por Sánchez- han sido un absoluto descalabro. El bloqueo persiste, y tenemos un Congreso más radicalizado.